Esta semana me echaré en la casa. Aprovecharé para aullar algunas ideas, ladrar y ver -como todos los años- las pelis de Semana Santa, que le gustan a Mi Amigo, sobre todo la carrera de caballos en Ben Hur.
Toda la tarde la pasamos limpiando el patio. Demasiadas hojas. En el centro hay un enorme árbol, donde puedo orinar a gusto; está lleno de zacate para revolcarme a placer, y tierra suave donde pienso enterrar varios megahuesos.
Solo el ojo del amo engorda al camello. Eso le ladré a Mi Amigo; cuando salgo de visita a mi otra casa, él insiste en que debo de estar vigilado, nada de confiarse, ni me dejen vagar, porque soy lo que soy.
Quien canta sus penas espanta. Bien temprano alisté la pechera, la correa, el agua, el uberbolso y en un brinco subí a la caja con ruedas -o carro como dicen los humanos-, y en manada nos fuimos al concierperrazo en el Paseo Colón.
Entre tacones y lunares. Así la pasé este sábado en el Paseo de los Estudiantes -o como le dicen ahora, el Barrio Chino-, en una cuestión de comida española, que olía como un arcoíris.
Cuando desperté, ya había pasado el temblor. Algo sentí, pero pensé que soñaba, porque el día anterior me subí a una mesita del parque, y como no podía bajarme, se me ocurrió brincar y caí despatarrado.
Dormí como un ladrillo, pero desperté temprano -aunque fuera domingo-, porque tenía una ganas perras de ir a la Feria, algo así como una convención de mascotas, como dicen los humanos.
Preguntamos por Rocco. Ya “descansó”, dijo el señor que lo sacaba a caminar. Solía andar muy despacio, arrastrando las huellas. Tenía 16 años, una edad avanzada para un Beagle.
Lo vi desde arriba. Clavé con firmeza mis patas en esas gradas que se mueven solas, y uno siente que se va de cabeza. Bajé; me acerqué, parecía de verdad; lo olí, le di una vuelta, como no se movió, lo oriné.
Lionel Messi alcanzó los 900 goles en su carrera, durante un partido entre el Inter Miami y Nashville SC; la Pulga anotó al minuto siete, tras recibir un pase del español Sergio Reguilón, dentro del área rival.