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miércoles, febrero 1, 2023
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Ninguna caída es definitiva

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Argos, de la Casa de Ulises

De pronto, el sol salió en forma de balón y un griterío rompió el silencio del amanecer. Estaba bien cobijado en el sofá, viendo con Mi Amigo el partido contra Japón, y me quedé con el hocico abierto.

Apenas terminó el juego decidimos ir a pata a la Fuente de la Hispanidad, porque quería ser el primer “perrifan”, en llegar a las celebraciones, por el insospechado triunfo de la Sele.

Me encontré a varios camaradas que andaban con camisetas, pañuelos y abrigos de la Sele; en medio alboroto intercambiamos ladridos, y corrimos con los fanáticos.

Estaba un poco cansado, la noche anterior habíamos visto la pelea de Yokasta, que se fajó contra una rival bien brava, pero al final pudo más el coraje, la preparación y los buenos golpes de la tica, para ganar el quinto cinturón mundial.

Creo que fueron demasiadas sensaciones en muy poco tiempo; mientras caminábamos, aproveché para masticar las enseñanzas dejadas por las dos situaciones, porque los sapiens siempre me sorprenden con sus ocurrencias.

Las emociones influyen mucho en las decisiones de los humanos, y los caninos somos expertos en detectarlas, ya sea porque olfateamos los cambios en su organismo, o porque observamos sus movimientos y “adivinamos” sus actos.

Justo ladré ese tema con Nelson -mi “dog trainer”- quien intentó enseñarme a jugar con una bola; a pesar de sus esfuerzos y conocimientos, lo que hice fue engullirme todos los premios que me ofreció.

Tal vez a otros camaradas les guste andar detrás de esa cosa redonda, morderla y prensarla con los colmillos; a mí, no me interesa, no me atrae y por tanto, no moví ni un bigote para aprender a jugar con una pelota. Ya no seré otro Messi.

Igual debe de suceder con los futbolistas, los boxeadores y en cualquier actividad humana; la motivación es esencial para conservar su atención, en el objetivo que desean alcanzar.

Cuando todo sale bien, es muy fácil estar motivado; pero si un sapiens -o varios- se equivocan y tienen un “día de perros”, salir del pozo debe de ser muy difícil.

Aullo para mis adentros, que la vida es un hueso duro de roer, pero si lo masticamos con paciencia, constancia y lo partimos en pedacitos, es más fácil de tragar.

Si uno cae, al principio le cuesta levantarse, pero al ratito, toma confianza de nuevo, se sacude y se levanta. Así me pasó una tarde, pretendía esconder un hueso entre las cobijas de la cama, me enredé y salí rodando hacia el piso.

Quedé despatarrado; con ayuda de mi mamaperruna salí del trance, un poco “grogui”, como dicen los boxeadores; después del control de daños, me animaron a subirme, porque se aprende más de los errores que de los aciertos.

Ladro todo esto, porque uno necesita de los demás cuando está caído; esa es la motivación que nos hace cambiar de actitud, y nos permite pasar la página con la pata, y seguir hacia adelante, con la cola bien levantada.

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