Como buen fraile ora y labora. Tenía un mes cuando llegó al convento de unos franciscanos, en Cochabamba -Bolivia-, y lo adoptaron. Le encajaron un hábito café; hizo los primeros votos, y lo llamaron Fray Carmelo.
Esta semana me echaré en la casa. Aprovecharé para aullar algunas ideas, ladrar y ver -como todos los años- las pelis de Semana Santa, que le gustan a Mi Amigo, sobre todo la carrera de caballos en Ben Hur.
Toda la tarde la pasamos limpiando el patio. Demasiadas hojas. En el centro hay un enorme árbol, donde puedo orinar a gusto; está lleno de zacate para revolcarme a placer, y tierra suave donde pienso enterrar varios megahuesos.
Solo el ojo del amo engorda al camello. Eso le ladré a Mi Amigo; cuando salgo de visita a mi otra casa, él insiste en que debo de estar vigilado, nada de confiarse, ni me dejen vagar, porque soy lo que soy.
Quien canta sus penas espanta. Bien temprano alisté la pechera, la correa, el agua, el uberbolso y en un brinco subí a la caja con ruedas -o carro como dicen los humanos-, y en manada nos fuimos al concierperrazo en el Paseo Colón.
Entre tacones y lunares. Así la pasé este sábado en el Paseo de los Estudiantes -o como le dicen ahora, el Barrio Chino-, en una cuestión de comida española, que olía como un arcoíris.
Cuando desperté, ya había pasado el temblor. Algo sentí, pero pensé que soñaba, porque el día anterior me subí a una mesita del parque, y como no podía bajarme, se me ocurrió brincar y caí despatarrado.
Dormí como un ladrillo, pero desperté temprano -aunque fuera domingo-, porque tenía una ganas perras de ir a la Feria, algo así como una convención de mascotas, como dicen los humanos.
Preguntamos por Rocco. Ya “descansó”, dijo el señor que lo sacaba a caminar. Solía andar muy despacio, arrastrando las huellas. Tenía 16 años, una edad avanzada para un Beagle.