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Argos, de la casa de Ulises

Si un hombre muerde a un perro, eso es noticia; al revés, no. Cada vez que escuchó esa afirmación, pienso en todos los caninos cuyas hazañas son ignoradas; ladro de camaradas inteligentes, valientes, amorosos y fieles hasta la muerte.

Como Hachikô -un can de raza akita, muy apreciado por los guerreros samuráis japoneses- quien fue mascota del profesor universitario Hidesaburô Ueno, en Tokio, hace casi cien años, según las cuentas de los sapiens.

Todas la tardes -durante dos años- Hachikô acudió puntual a esperar a su amigo a la estación de trenes de Shibuya, para regresar juntos a la casa y disfrutar de la mutua compañía.

Un día Ueno no llegó. Hachikô esperó. Anocheció y nada. Cansado, decidió regresar a la vivienda. La tarde siguiente, la otra y la otra y la otra, aguardó en el andén a su compañero, sin saber que este había muerto, mientras daba una lección.

Durante nueve años seguidos -3,285 días humanos- sin fallar un minuto a la cita convenida, Hachikô esperó a quien nunca iba a volver. Los viajeros se acostumbraron a verlo, sentado con elegancia, cabeza erguida, atento y amable.

Un periodista “lo entrevistó”, en 1932, y escribió un artículo; los japoneses lo convirtieron en un símbolo de la lealtad a la familia; tanto que -tras su muerte- lo honraron con una estatua de bronce, al frente de la estación.

En la Segunda Guerra Mundial fundieron la pieza para fabricar armas; en 1948 hicieron otra, pero fue hasta el año 2015 que un grupo de voluntarios reunió, al fin, a los dos amigos, en una estatua de ambos en la Universidad de Tokyo.

La escultura, bajo la sombra de un árbol, representa a Hachikô y a Idesaburo. Este, con la mano acaricia el cuello del can; se abrazan y se sonríen, perdiéndose en la mirada de cada uno, porque el amor está en los ojos de quien ve.

Recuerdo esos videos de soldados, quienes regresan a sus casas y sus mascotas brincan sobre ellos y los tiran al piso, le dan lengüetazos, los muerden con cariño y después corren, brincan y mueven la cola como molinos.

Ante la muerte del humano que amamos sentimos mucha tristeza, porque notamos su ausencia, las rutinas diarias, los pequeños detalles que nos unían y sobre todo -creo yo- el afecto.

En mi caso paso todo el día con Mi Amigo; si escribe, yo descanso a sus pies; cuando come, me da bocaditos con la mano; si se levanta, lo sigo adonde vaya; salimos a caminar, a comprar, a ver el mundo y siempre ladramos y hablamos.

Ladro todo esto porque vi en la tele que -para eso de la romería a Cartago- una organización solicitaba ayuda, para atender y rescatar a los caninos quienes son abandonados.

En la última de estas caminatas fueron rescatados 41 perros; parecen pocos, dirán algunos; pero estoy seguro, que así como morder a un perro es noticia, también lo sería que un perruno abandone a su amo: ¡Por increíble!

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