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lunes, abril 13, 2026
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Opinión | Siempre se puede | Mario Vargas Llosa: La palabra como arma de libertad

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Laura Sauma
articulista@icorpcr.com

Imagen tomada de internet

En un mundo donde las dictaduras en muchos casos ya no llevaban uniforme y las mordazas se disfrazaban de protección, la obra y la vida de Mario Vargas Llosa resplandecieron como un faro incómodo: iluminaban, pero también interpelaban. Si hubo un escritor que defendió la libertad no como consigna, sino como vocación vital, fue él. Desde la rebeldía juvenil hasta el aplomo del Nobel, Vargas Llosa nos recordó que la libertad no es gratuita, ni cómoda, ni popular. Pero sí imprescindible.

Nacido en una América Latina marcada por golpes de Estado, populismos y utopías fracasadas, su obra fue un combate constante contra el autoritarismo y la mediocridad. No se limitó a denunciar dictaduras, sino que combatió el pensamiento único, cuestionó las modas intelectuales y pagó el precio de no callarse cuando la mayoría prefería mirar hacia otro lado. Su vida, como su literatura, fue una apuesta decidida por la libertad individual, la democracia liberal y el derecho a disentir.

Narrar para Resistir

Podría parecer un contrasentido hablar de libertad desde la ficción. Sin embargo, para Vargas Llosa, la literatura no fue evasión, sino revelación. Sus novelas, desde La ciudad y los perros hasta La fiesta del Chivo, son radiografías de sociedades asfixiadas por el miedo, la corrupción o la obediencia ciega. En ellas, los personajes buscaban redimirse mediante el deseo, el conflicto o el lenguaje. La libertad no siempre vencía, pero siempre luchaba. Y esa es la clave: no resignarse ni desfallecer porque sin libertad quedamos a merced de alguien más y entonces nuestra vida pierde su significado.

En Conversación en La Catedral, Santiago formuló una pregunta que obsesionó a generaciones: “¿En qué momento se había jodido el Perú?” Esa pregunta, que podría aplicarse a tantos países de América Latina, no fue solo un juicio político: fue una exigencia moral. Vargas Llosa nos obligó a no resignarnos, a entender que los desastres se pueden evitar, que hay responsabilidades, decisiones y silencios que los engendran. Por eso, tenemos que estar siempre atentos a las señales, no podemos desentender de la política ni confiar en que las cosas no nos afectarán.

Escribir, para él, fue un acto de rebeldía. Exploró los límites de lo narrable, desafió estructuras, dio voz a los oprimidos sin idealizarlos y retrató al poder sin anestesia. Su obra nos recordó que la imaginación también puede ser un campo de batalla.

De Espectador a Protagonista

Vargas Llosa no se quedó en la comodidad del observador. Fue protagonista, a veces con aciertos, otras con errores, pero siempre con coherencia. En 1990, cuando decidió postularse a la presidencia del Perú, lo hizo para enfrentar una deriva populista y autoritaria que ya se perfilaba en el horizonte. Perdió las elecciones, pero ganó autoridad moral.

La ganó porque defendió sus principios democráticos sin recurrir a la demagogia ni al oportunismo, enfrentó al autoritarismo incipiente de Fujimori cuando muchos aún lo aplaudían, aceptó el resultado electoral con dignidad y se retiró de la política sin buscar atajos al poder. Fue esa coherencia entre sus ideas, sus acciones y su forma de actuar lo que le dio una legitimidad duradera, incluso más allá del terreno electoral.

A diferencia de tantos intelectuales que justificaron crímenes en nombre de revoluciones o que se entusiasmaron con caudillos de izquierda o de derecha, Vargas Llosa mantuvo una línea clara: la libertad no se negocia. Criticó con la misma severidad a Pinochet que a Castro, a Chávez que a Fujimori. Para él, los derechos humanos no tenían ideología.

Su evolución ideológica no fue un giro oportunista, sino un proceso reflexivo. Del joven marxista deslumbrado por Sartre al liberal convencido de Hayek y Popper, Vargas Llosa recorrió un camino honesto, guiado por la evidencia y el pensamiento crítico. Esa capacidad de revisión, esa negativa a convertirse en estatua de sí mismo, fue también una forma de libertad.

En ese sentido el Llamado de la Tribu cumple a las mil maravillas con su legado sobre el liberalismo. Ese camino por todos los pensadores es difícil encontrarlo en un continente como Latinoamérica, donde hemos pasado de estatistas de derecha a los de izquierda y viceversa. El liberalismo está ausente tanto en los sistemas educativos como en los partidos políticos, y ese desconocimiento es fuente de confusión que a su vez impide que las ideas avancen. Nada más desafiante que liderar a personas críticas y empoderadas.

El Coraje de la Impopularidad

En tiempos donde las redes sociales premian la corrección política y castigan al que se atreve a disentir, Vargas Llosa siguió opinando sin pedir permiso. Su defensa del libre mercado, de las instituciones republicanas, del mérito y de la educación como herramienta de emancipación lo enfrentó a sectores que lo veneraban por sus novelas, pero lo detestaban por sus ideas.

Y, sin embargo, no cedió. Porque entendía que la libertad de expresión no es requerida cuando se repite lo que todos piensan, sino precisamente para decir lo que incomoda. En sus columnas, entrevistas y discursos, defendió a capa y espada una idea sencilla y poderosa: las sociedades libres no son las que eliminan los conflictos, sino las que los administran con reglas y respeto.

Fue incómodo incluso para sus aliados. Criticó la tibieza de ciertos liberales, la cobardía de ciertos demócratas, la complacencia de ciertos académicos. Y lo hizo sin cinismo, porque creía en el poder de las ideas y en la responsabilidad del ciudadano.

Vivir con Autenticidad

Más allá del escritor y del político, Vargas Llosa encarnó un estilo de vida profundamente liberal: defendió la movilidad social, el valor del esfuerzo y la búsqueda de la verdad frente al relativismo. Vivió entre Lima, Madrid, Londres y París, y sostuvo que el patriotismo no se mide por la geografía, sino por el compromiso con los valores universales.

Su vida personal, lejos de ser perfecta, reflejó también su lucha por la autenticidad. Asumió los costos de sus decisiones, enfrentó escándalos sin esconderse, escribió sobre su intimidad con la misma honestidad con que analizaba la política global. En un mundo de máscaras, Vargas Llosa eligió ser libre incluso al precio de ser juzgado. En una entrevista decía que esperaba nunca dejar de aprender y que la muerte lo sorprendiera haciéndolo; y parece que su deseo fue concedido. Nunca se detuvo, siempre dio la batalla.

Un legado urgente

Hoy, cuando la libertad vuelve a estar en peligro en muchos rincones del planeta —cuando resurgen los nacionalismos, se sofocan las disidencias y se criminaliza el pensamiento independiente—, el legado de Vargas Llosa se vuelve más urgente que nunca. No solo por lo que escribió, sino por lo que vivió.

Nos enseñó que la libertad no es solo un derecho, sino una tarea. Que no se defiende desde la comodidad, sino desde la confrontación. Que se puede ser elegante y contundente, culto y provocador, intelectual y ciudadano. Que el pensamiento no sirve de nada si no se pone al servicio de la verdad.

En homenaje a Mario Vargas Llosa no basta con citarlo: hay que seguir su ejemplo. Tener el coraje de decir lo impopular, la disciplina de pensar con rigor, la osadía de imaginar mundos mejores. Y, sobre todo, la dignidad de no rendirse ante ninguna forma de servidumbre, ni siquiera la voluntaria.

Hay pocas cosas tan peligrosas como la libertad, por eso nunca debemos verla como el fin, sino como un punto de partida. Los ataques siempre vendrán de quienes sueñan con el poder, y de ahí saldrán todos los obstáculos en su camino. Pero también desde ahí surgirán los ciudadanos que decidan levantarse y defender lo que vale la pena.



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