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miércoles, septiembre 28, 2022
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Los fracasos enseñan más que los triunfos

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El planeador voló 59 segundos. Recorrió 260 metros. Era el cuarto intento y el Wright Flyer I surcó los aires, a 31 millas por hora, desde una playa en Kitty Hawk, Carolina del Norte. Al mediodía del 17 de diciembre de 1903: nació la aviación.

Los hermanos Wilbur (1867-1912) y Orville Wright (1871-1948) tenían un taller de bicicletas, estudiaron ingeniería y concibieron un sueño -o quizá una locura- diseñar una máquina capaz de volar.

Durante tres años perfeccionaron cada uno de los componentes del extraño aparato con motor, alas de tela de muselina, hélices y construido con madera de abeto y fresno. Más que un avión, parecía un papalote gigante.

Aquella mañana el biplano voló -por primera vez- apenas 36 metros en 12 segundos; y por eso volvieron a intentarlo, hasta lograr que el Flyer I remontara el cielo, a casi cinco metros del suelo.

Además de sortear la muerte, el miedo y lo desconocido, Wilbur y Orville vencieron a quienes los consideraban unos ilusos, simples mecánicos llenos de imaginación, pero sin un ápice de conocimientos científicos.

Unos años antes William Thomson (1824-1907), primer barón Kelvin, respetado físico, matemático, una autoridad mundial en termodinámica y electricidad afirmó: “máquinas voladoras más pesadas que el aire son imposibles.”

También, otra eminencia, Simon Newcomb (1835-1909), matemático y astrónomo, publicó -56 días previos al vuelo de los Wright- en The Independent, y con “lógica irrefutable”, que el vuelo humano era imposible.

Carecemos de registros sobre lo que pensó Wilbur de esas afirmaciones, mientras su aeroplano rompía el aire como un toro alado, atravesaba las paredes del viento y la ventisca lo estremecía como a una hoja.

Al cabo de los 260 metros la nave osciló, una violenta correntada lo elevó y desestabilizó; el Flyer I cayó a tierra, como una gaviota herida; la madera crujió y el biplano quedó clavado de nariz en la arena.

¿Cuántas veces debemos fracasar para lograr lo que deseamos? Leonardo da Vinci observó durante 25 años a las aves y a los insectos, para dibujar su máquina voladora.

Aseguran que Thomas Alva Edison necesitó 14 meses de investigación, invertir 40 mil dólares y realizar más de 1,200 experimentos para presentar, el 21 de octubre de 1879, el primer prototipo de la bombilla incandescente.

Cada error enseña algo. Pero vivimos en una cultura que no tolera el fracaso; marca a quien pierde, lo separa y lo tacha de incompetente, incapaz de lograr el éxito y ser reconocido por sus logros.

Desde la escuela el niño vive con el temor a equivocarse, a la vergüenza de aceptar sus fallos; aprende a silenciar sus dudas y a ocultar el sentido de la curiosidad, así evita emprender un camino distinto al de los demás, porque es mejor ser igual a todos.

Si alguna vez se requiere inspiración para seguir adelante, tras caer en reiteradas ocasiones, valdrá la pena recordar a Wilbur y Orville Wright, quienes con ingenio y esfuerzo lograron alcanzar una meta distante y evasiva.

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