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lunes, abril 15, 2024
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Las tortas del rey Alfredo

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¡Vago! ¡Inútil! ¡Inservible! La mujer no escatimó improperios contra aquel infeliz. La cabaña estaba llena de humo, la tortas quemadas y el visitante distraído, como si estuviera en otro mundo.

Este llegó en la mañana; tocó la puerta y le rogó por un poco de comida, y un lugar para dormir. Ella se compadeció del vagabundo, sucio y andrajoso, pero con aspecto de buena persona.

La granjera ignoraba que el visitante era un viejo soldado inglés. Su ejército luchó contra los vikingos, quienes allá por el siglo ocho, invadieron lo que hoy es Inglaterra y Francia; saquearon los poblados y establecieron un reinado de terror.

Tras una cruenta batalla se salvó a duras penas; se disfrazó de pastor y huyó, entre bosques y pantanos, y al cabo de varias semanas llegó -cansado y hambriento- a la cabaña, para recobrar fuerzas y volver a su tierra.

La mujer aceptó darle comida, y le pidió cuidar unas tortas que tenía en el horno, y le advirtió: “Quiero salir a ordeñar la vaca. Vigílalas con atención y cerciórate de que no se quemen mientras me voy”.

El hombre se sentó junto al fuego, intentó concentrarse en las tortas, pero su cabeza estaba llena de problemas más serios: ¿Cómo reunir otro ejército?; ¿Quién lo financiaría? ¿De qué manera lograría vencer a los feroces enemigos?

Tan ensimismado estaba que todo lo olvidó. La guerra, los vikingos, la cabaña, el hambre y peor aún: las tortas; el fuego las devoró y él ni siquiera lo advirtió.

El portazo y los gritos de la granjera lo trajeron a la realidad. “Mira lo que hiciste. Quieres comida, pero no quieres trabajar por ella. ¡Ahora ninguno de nosotros podrá cenar!

Bajó la cabeza para recibir el contundente golpe de un cucharón; en eso entró el granjero, quien apenas cruzó el umbral reconoció al desgraciado. Era Alfredo, el rey Alfredo en persona.

Unas semanas atrás -en el 878 d.C- Alfredo, después conocido como El Grande, había sido derrotado por Gudrún, rey de los daneses; escapó y se refugió -en la cabaña de campesinos- donde estaba a punto de que lo molieran a palos.

Alfredo fue rey de los sajones en el siglo nueve; protegió a Inglaterra de los ataques vikingos, promovió la educación, codificó las leyes y fundó la literatura anglosajona.

Le atribuyen una frase que todavía llena de orgullo a los británicos: los ingleses serán tan libres como sus ideas.

Pero volvamos a la granja, al fogón y a las tortas. La pobre señora cayó de rodillas ante el monarca, le suplicó que la perdonara, porque desconocía su identidad. Él la levantó y le pidió disculpas por quemar las tortas.

Las sencillas tareas nos preparan para las más importantes; el liderazgo y la responsabilidad caminan juntos; nadie puede evadir sus compromisos, y siempre debemos hacer la tarea más pequeña, de la manera más grande. “Tenías razón en reprenderme. Merecía tus reproches. Cuando alguien acepta un deber, sea grande o pequeño, debe de cumplirlo fielmente.”



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