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Página Negra: ¡Una vida en la carretera!

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Por Redacción. Esta nota fue elaborada con asistencia de IA

Así o más machista:¨No queremos una mujer guapa, queremos un escritor”, eso fue lo que dijo a Gloria Steinem el editor de la celebérrima revista Life, en el primer día laboral en esa publicación gringa. Durante buena parte de su vida, Gloria Steinem cargó con una cruz, que muchas mujeres quizá habrían considerado un plus: era demasiado guapa.

Peor todavía, era guapa y feminista, al menos según algunos “machirulos” convencidos de que una mujer atractiva debía limitarse a sonreír, cruzar bien las piernas y dejar las ideas complicadas a los hombres. La frase del jefe parecía salida de una película sobre el machismo de los años sesenta, pero tenía la virtud de resumir el mundo profesional, al que aquella joven de Ohio pretendía entrar.

Gloria encontró una respuesta mucho mejor; si una mujer atractiva pudiera acostarse con alguien para llegar a la cima, decía, habría muchas más mujeres en la cima.

Ella aprendió muy temprano que una buena dosis de ironía podía resultar más eficiente que un sermón. Nació el 25 de marzo de 1934 en Toledo, Ohio, dentro de una familia poco convencional. Su padre, Leo, vendía antigüedades y llevaba a la bola de hijos de un lugar a otro; durante sus primeros años, Gloria conoció más carreteras que aulas.

Su madre, Ruth, fue periodista, pero padeció graves crisis emocionales que terminaron convirtiendo a la hija en cuidadora, cuando apenas era una niña. Los padres se divorciaron cuando Gloria tenía diez años. Leo partió hacia California y ella quedó con su mami.

Años después haría una de esas observaciones que escandalizaban a sus adversarios, y divertían a sus seguidores: nunca había sentido necesidad de tener hijos porque, de alguna manera, ya había tenido uno, su propia madre.

Estudió en Smith College, se graduó en 1956 y viajó a la India. El matrimonio, destino casi obligatorio para una joven estadounidense de su generación, podía esperar.

En realidad, esperó muchísimo. Antes de marcharse había ocurrido algo que mantendría durante años en secreto; tenía 22 años, estaba embarazada y acudió en Londres al médico John Sharpe para abortar, cuando hacerlo todavía podía colocar al facultativo en serios problemas legales.

Sharpe aceptó con dos condiciones: que ella guardara su nombre, y que hiciera con su vida lo que quisiera. Cumplió bastante bien la segunda promesa. La primera la rompió casi sesenta años después, cuando dedicó a Sharpe sus memorias Mi vida en la carretera. Para entonces el médico estaba muerto, y la muchacha asustada -de 22 años -era uno de los nombres más reconocibles del feminismo mundial.

Una conejita en las redes de Hefner

Gloria quería escribir de política. Los editores, tenían otros planes: comida, moda, peinados, manicure y todas aquellas materias que los caballeros de las redacciones consideraban apropiadas para una señorita. Ella recordaría, como uno de los puntos más bajos de su carrera, un artículo sobre medias texturizadas.

Otro editor fue bastante menos sutil: le planteó como alternativas pasar la tarde con él en un hotel, o echar sus cartas al correo cuando saliera. Gloria eligió el correo. Años después observó que ni siquiera existía una expresión de uso corriente para aquello: era simplemente la vida.

Y apareció Hugh Hefner. En 1963, la revista Show le propuso infiltrarse en el Playboy Club de Nueva York. Gloria se convirtió en «Marie», se quitó algunos años, se enfundó el ajustadísimo uniforme de conejita, se puso las orejas correspondientes y entró en el universo de Playboy, para averiguar qué sucedía detrás de aquella fantasía machista.

Encontró salarios bajos, jornadas incómodas, tacones dolorosos, corsés estrechos, insinuaciones y unas condiciones laborales bastante menos alegres que las fotografías de las conejitas sugerían.

El resultado fue A Bunny’s Tale, un reportaje que desmontaba desde dentro parte del maravilloso mundo que Hefner vendía a sus lectores. Periodísticamente fue un bombazo. Profesionalmente, no tanto. Durante años, cuando alguien quería rebajar sus credenciales, la presentaba como «exconejita Playboy».

La periodista infiltrada desaparecía de la historia y quedaban las orejas; Steinem lamentó que aquel trabajo dificultara durante algún tiempo que la tomaran en serio, aunque también defendió haber mejorado las condiciones de aquellas trabajadoras.

Había una ironía deliciosa: la mujer que se había metido en Playboy para denunciar la explotación femenina, terminó perseguida por su propia fotografía vestida de conejita.

Pero Gloria siguió escribiendo. En 1968 se incorporó a New York Magazine y su periodismo se volvió cada vez más político: un año después asistió a una reunión donde varias mujeres hablaron públicamente de sus abortos. Ella, que llevaba más de una década callando el suyo, sintió lo que describiría como un «clic».

Feminista y sospechosa

A comienzos de los setenta, Steinem ya era una de las caras más conocidas del movimiento feminista estadounidense; precisamente allí comenzó otro problema: su cara. Melena larga con raya en medio, enormes gafas de aviador, minifaldas, botas, pantalones de campana, cinturones y una indudable fotogenia.

En 1971, Newsweek la llevó a portada como representación de «The New Woman». Time llegó a elogiar sus piernas y sus cualidades como acompañante para una fiesta. Aquello la irritaba. Ella quería hablar de discriminación, derechos reproductivos, salarios y representación política; gran parte de la prensa quería hablar de sus piernas.

Incluso dentro del feminismo despertaba recelos. Betty Friedan, autora de La mística de la feminidad, se incomodó con el protagonismo mediático de Steinem y llegó a acusarla de apropiarse del movimiento para obtener beneficios privados.

La revolución femenina, como cualquier otra revoluta, también tenía egos, y Steinem tampoco ayudaba demasiado a quienes esperaban una revolucionaria solemne. Tenía sentido del humor, disfrutaba de la moda a su manera, llevaba una activa vida sentimental, y frecuentaba los círculos intelectuales y sociales de Manhattan.

Entre sus relaciones estuvieron hombres conocidos como el director Mike Nichols, y el editor y magnate Mort Zuckerman; sin duda, el estereotipo de la feminista enemiga de los hombres le quedaba bastante incómodo. Ella prefería reírse. Cuando le preguntaban por qué no se casaba, contestaba que no podía «aparearse en cautiverio».

Y cuando Richard Nixon fue grabado despotricando contra ella, Steinem respondió describiéndolo como el jefe de Estado más inseguro sexualmente desde Napoleón.

No todos sus enemigos tenían sentido del humor; el pornógrafo Al Goldstein publicó su número telefónico junto a falsos anuncios sexuales, e imprimió una imagen de una mujer parecida a ella, colocándola en un quiosco frente a las oficinas de Ms. para que Steinem tuviera que verla diariamente.

En 1972 cofundó Ms., una revista que pretendía hacer algo revolucionario para la época: tratar a las mujeres como personas capaces de interesarse por algo más que cosméticos, recetas, vestidos y cómo conseguir marido.

Algunos hombres pronosticaron una muerte rápida; el periodista Harry Reasoner le concedió unos seis meses, antes de que a aquellas mujeres se les acabara lo que tuvieran que decir. El primer número se agotó. Pero, las mujeres -contra el pronóstico del señor Reasoner- todavía tenían algunas cosas pendientes.

La soltera casada

Steinem defendió durante décadas el derecho de las mujeres a decidir si querían casarse y tener hijos. Ella decidió no ser madre y nunca expresó arrepentimiento. Consideraba importante demostrar que aquella también podía ser una elección legítima.

Con el matrimonio fue más beligerante. Había criticado duramente una institución cuyas leyes históricamente colocaban a la mujer en situación de dependencia. Por eso, cuando llegó a los 66 años, Gloria Steinem hizo algo que provocó más de una ceja levantada, entre admiradores y adversarios: se casó.

El elegido fue David Bale, empresario y activista nacido en Sudáfrica, padre del actor Christian Bale. La ceremonia se celebró en el 2000, en casa de Wilma Mankiller, primera mujer que había ejercido como jefa principal de la Nación Cherokee.

¿La enemiga del matrimonio pasando por el altar? Gloria tenía preparada la explicación: ella no había cambiado; había cambiado el matrimonio. Cuando era joven, sostenía, casarse habría significado perder derechos, independencia legal y hasta el apellido; décadas después consideraba posible establecer una unión entre iguales.

También reconoció que existía una razón práctica: Bale necesitaba regularizar su residencia estadounidense. Duraron poco. No por divorcio, sino porque David enfermó de linfoma cerebral. Gloria lo cuidó hasta su muerte en 2003. La muchacha que había pasado parte de su infancia cuidando a su madre volvía, muchos años después, a cuidar a alguien que amaba.

Siguió viajando, escribiendo y hablando hasta una edad extraordinaria. Barack Obama le entregó en 2013 la Medalla Presidencial de la Libertad; en 2021 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.

Nunca desapareció del todo la contradicción que había acompañado su vida pública. Feminista y celebridad; intelectual convertida en icono visual; mujer tímida transformada en oradora; enemiga de ciertas leyes matrimoniales que acabó casada; periodista que entró en Playboy para denunciarlo y quedó asociada para siempre con aquellas benditas orejas.

A los 92 años murió en Nueva York, el pasado 2 de septiembre. Hasta el final conservó algo que quizá explique mejor su personalidad que cualquiera de sus discursos: la capacidad de tomarse muy en serio sus causas sin tomarse demasiado en serio a sí misma. Después de todo, Gloria Steinem pasó más de medio siglo intentando que dejaran de juzgar a las mujeres por su aspecto.

La historia, con ese humor negro que suele gastarse, decidió convertirla en el rostro del feminismo estadounidense, y dejó una herencia incómoda: demasiadas preguntas para quienes prefieren que las mujeres callen.


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