
Por Redacción. Esta nota fue elaborada con asistencia de IA
Paul Gauguin tenía esposa, cinco hijos, un empleo como agente de bolsa y una vida suficientemente respetable como para que nadie entendiera por qué quería abandonarla.
Pintaba durante su tiempo libre. Al principio parecía una afición; después comenzó a ocupar un espacio cada vez mayor, hasta convertirse en esa incómoda certeza que algunas personas descubren alguna vez: estoy viviendo una vida que ya no quiero vivir.
Entonces tomó una decisión radical. Dejó su profesión y apostó por la pintura. Después vendrían la pobreza, las separaciones, los viajes, Tahití y una existencia turbulenta que terminaría convirtiéndolo en uno de los grandes nombres del arte moderno.
Sería tentador detener aquí la historia y convertir a Gauguin en protagonista de una hermosa fábula sobre perseguir los sueños. Pero la vida rara vez resulta tan sencilla.
Detrás quedaron una esposa, cinco hijos, dificultades económicas y heridas familiares. Gauguin consiguió escapar de una existencia que sentía ajena, pero otras personas pagaron parte del precio de su libertad.
Y ahí comienza realmente nuestra historia. Porque existe una diferencia importante entre aceptar la vida y resignarse ante ella. Aceptar significa reconocer aquello que no podemos cambiar; resignarse es dejar de cambiar aquello que todavía depende de nosotros.
Sin darnos cuenta, podemos pasar años esperando. Esperamos que cambie nuestra pareja, nuestro jefe, nuestra situación económica, nuestros hijos, nuestra suerte.
Incluso esperamos convertirnos misteriosamente en esa persona que algún día tomará las decisiones que nosotros seguimos aplazando. Entonces aparece una frase peligrosa: «Esto fue lo que me tocó». Algunas cosas ciertamente nos tocan. No escogemos una muerte, una enfermedad, determinadas pérdidas ni muchas circunstancias familiares.
Pero una cosa es recibir una realidad y otra convertirla en residencia permanente. Por eso hay una pregunta que deberíamos hacernos de vez en cuando: ¿esto realmente no puedo cambiarlo o simplemente todavía no he decidido cambiarlo?
Lo primero exige aceptación; lo segundo requiere valor. También podemos cambiar la manera de mirar aquello que nos ocurrió. El pasado no admite correcciones, pero sí interpretaciones.
Un fracaso puede ser una condena o una lección; una pérdida, solamente ausencia o también comienzo; una equivocación, vergüenza permanente o experiencia adquirida.
No cambiamos los hechos cuando cambiamos nuestra manera de interpretarlos. Cambiamos el poder que esos hechos continúan ejerciendo sobre nosotros.
Pero Gauguin introduce una tercera pregunta, mucho más incómoda: ¿qué consecuencias tendrá mi decisión sobre los demás? Porque asumir responsabilidad sobre nuestra vida tampoco significa proclamar que podemos hacer cuanto queramos.
Hay personas que confunden libertad con ausencia de obligaciones y llaman valentía a decisiones cuyo precio terminan pagando otros. Cambiar requiere también establecer límites. Saber qué podemos negociar, qué debemos aceptar, qué ya no estamos dispuestos a tolerar y, sobre todo, comprender que trazar un límite no consiste en controlar al otro, sino en decidir qué haremos nosotros cuando ese límite sea cruzado.
Quizá por eso la felicidad tenga menos relación con conseguir cuanto queremos y mucho más con aprender cinco cosas bastante difíciles: qué aceptar, qué cambiar, qué abandonar, qué agradecer y qué dejar definitivamente de perseguir.
Gauguin cambió la bolsa por los pinceles y terminó encontrando la vida que desesperadamente buscaba. Nunca sabremos si encontró también la felicidad. Tal vez porque cambiar de vida y ser feliz no son necesariamente la misma cosa.
La felicidad comienza cuando dejamos de esperar que los demás escriban nuestra historia; la sabiduría, cuando comprendemos que tomar la pluma también nos hace responsables de lo que escribimos.
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