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miércoles, febrero 1, 2023
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Caballero del Domingo: Trabaja y paga tus deudas

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¡Ochenta dólares! Puede que hoy sea poco dinero, pero en 1848 un hombre era capaz de vender su alma al diablo, por esa suma.

La cifra fue solicitada a su hermanastro -en una carta- por un tal John; un préstamo, con la condición de pagarlo apenas saliera de los apuros económicos, que lo tenían del cogote.

Semejante petición pasó a la historia porque el destinatario fue Abraham Lincoln (1809-1865), el presidente No.16 de Estados Unidos, y apóstol de la Emancipación de los esclavos, en esa nación.

Las cartas de Lincoln son consejos de oro para la vida; una fue subastada en casi $3.4 millones, a pesar de que el Mandatario apenas sabía leer y contar.

“Nunca estudié en un colegio o academia. Lo que poseo en materia de educación lo he ido recogiendo aquí y allá, bajo las exigencias de la necesidad”, explicó en una misiva.

En vísperas de Navidad, el 24 de diciembre de 1848, Lincoln recibió la petición de John; este conocía el corazón generoso de su pariente y tentó la suavidad del mismo. Recibió una lección y ni un dólar.

La respuesta del futuro presidente no pasó de 500 palabras; el político era una persona sobria y, especialmente, con las palabras; su Discurso de Gettysburg -1863- que duró cuatro minutos, es una joya de oratoria.

Varias veces Abraham ayudó a su hermanastro, y en “cada una de las ocasiones en que te he mandado algún socorro en metálico, me has dicho lo mismo: Ahora saldré de apuros de una vez por todas”.

Y “vuelve la mula al trigo”. Para Lincoln esto obedecía a un grave defecto -no tanto un perezoso, que lo era- si no un “ocioso empecatado”, es decir alguien que nunca le sale nada bien, o que tiene muy poca suerte; más claro: un vago.

“Me atrevería a asegurar, que desde la última vez que te vi no has trabajado un día entero. En esa tu deplorable costumbre de perder el tiempo, se cifra la causa de todos tus tropiezos”, lo exhorta del patricio norteamericano.

Insta a John a trabajar, con “fe y ahínco”, para dar ejemplo a sus hijos y no caigan en “el hábito de la ociosidad”, y pagar “con sudor y fatiga algunas de las deudas que te agobian”.

Para motivarlo a buscar un trabajo honrado, cerca de su casa, sin necesidad de ir a excavar una mina de oro en California; Lincoln se compromete a darle un dólar adicional, por cada uno que John gane, sea en especie o en efectivo.

También rechaza recibir en garantía -por el préstamo- unas propiedades porque: “¡Qué absurdo! Si no puedes vivir con esas tierras, ¿Cómo acertarás a vivir sin ellas?”

Sabemos que Lincoln no le prestó un centavo a John, pero ignoramos si este enmendó su vida; más allá de eso, la carta es una reflexión sobre el valor del trabajo, la austeridad, el manejo del dinero y lo mejor: decir No.

Incluso el bien, hay que saber hacerlo.





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