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lunes, mayo 27, 2024
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Opinión | Siempre se puede: Enfrentar la fragilidad humana

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Laura Sauma
articulista@icorpcr.com

La vida nos sorprende con giros inesperados, momentos que nos obligan a detenernos y reflexionar sobre lo que realmente importa. ¿Piensa usted en lo maravilloso que es estar sano y libre? ¿O más bien, son cosas que da por sentadas?

En mi caso, experiencias de la infancia hicieron que le asignara un valor especial a la salud, y estuviera consciente de la fragilidad humana. Agradezco por la salud todos los días, una enseñanza que recibí de una tía, cuando era niña.

En cuanto a la muerte, nos conocimos a los cinco años, cuando enfrenté la pérdida de mi abuela paterna; más adelante, la partida de algunos tíos y, a los 9 años, la marca indeleble del fallecimiento de papá. Después, a los 20 años, me enfrenté nuevamente a la impotencia ante la enfermedad terminal  de un ser querido, y a los 22, ya cargaba con el peso del fallecimiento de mamá.    

Estas experiencias, sumadas a mi predisposición genética, me han llevado a valorar profundamente la independencia y la libertad, reconociendo la salud como un pilar fundamental para disfrutar plenamente de ellas.

¿Cuánto apreciamos la capacidad de nuestras manos, pies, ojos, el simple acto de respirar, el no tener dolor? ¿Nos detenemos alguna vez a reflexionar sobre ello?

La cotidianidad -a menudo- nos hace pasar por alto la importancia de cada gesto, de cada movimiento. Es vital valorar cada momento en el que podemos atender nuestras necesidades básicas o simplemente dar un paseo al aire libre sin restricciones.

Hace poco, sufrí una caída, que resultó en la fractura de una mano y la inmovilización del otro brazo. Esta experiencia, aterradora por la impotencia a la cual nos somete, me llevó a profundizar aún más en el significado de la libertad, y la independencia, y a reafirmar mi postura en favor de la eutanasia.

Pero mi reflexión no se detuvo en lo personal. Observé las repercusiones que mi situación tuvo en mi compañero de viaje. Quienes tienen que cuidar a un accidentado, deben equilibrar su propia vida con las demandas de la atención, y el cuidado de aquél que no está en capacidad de hacerlo.

Esta es, definitivamente, una carga que no se debe subestimar; además de un recordatorio de la interconexión de nuestras vidas y responsabilidades compartidas.

Cada historia de superación es un recordatorio de la capacidad humana para encontrar luz en la oscuridad, y transformar el sufrimiento en fortaleza.

En medio de esta experiencia, mantuve mi tenacidad y optimismo, pues reconocí que, con paciencia y tiempo, esta situación tenía solución.

Pero fuí aún más consciente de la necesidad de tener apoyos, lazos con personas que estén dispuestas a estar con uno, en las no tan buenas.

¿Qué pasa con aquellos que enfrentan situaciones aún más difíciles y dolorosas, donde la recuperación o la mejoría no son una opción? Y si a eso le agregamos que lo hacen solos, ¿cómo exigirles o pretender los mismos resultados?

Personas valientes que, a pesar de las adversidades, encuentran la fuerza para sobreponerse y seguir adelante. Admiro profundamente su coraje y determinación, aunque reconozco que no me cuento entre ellos, ante la desesperanza no estoy dispuesta a dar la batalla.

Mi apoyo a la eutanasia surge de esta comprensión profunda de lo frágiles que somos. Entiendo que la calidad de vida es un derecho fundamental, y que en ciertas circunstancias, la alternativa de finalizar el sufrimiento de una manera digna, y respetuosa, es una decisión que debe estar disponible para quienes así lo deseen.

Este episodio reforzó mi convicción de que debemos aprovechar cada momento, valorar lo esencial y vivir con autenticidad.

La libertad y la independencia no son solo palabras, son experiencias que nos conectan con nuestra humanidad más profunda.

Son recordatorios constantes de que estamos de paso en este mundo, y de la importancia de vivir con propósito y determinación. En otras palabras, la vida vale la pena si la podemos vivir en nuestros términos.

Mi caída fue más que un accidente físico: fue un recordatorio poderoso de las lecciones que la vida nos ofrece, y de la importancia de abrazar cada instante con gratitud y valentía.

Además un refuerzo de la importancia de forjar relaciones sólidas, porque las vicisitudes de la existencia, siempre serán más llevaderas  en equipo.




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