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lunes, febrero 26, 2024
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Opinión | evoLUCIonando: El milagro de mi vida

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Luciana Rovira / evolucionandocr@gmail.com

Aprovechando la Semana Mayor,  y todo lo que  representa, quiero contarles sobre un milagro personal.

Tenía ocho años -cursaba segundo grado- y estaba en unas gradas con mis amigas. Unos  niños jugaban fútbol y me pegaron un balonazo en la mejilla izquierda; caí rodando por los escalones, lo que  me produjo un fuerte dolor de cabeza y me desmayé.

Desperté al cabo de unos minutos; entre varios profesores y cruzrojistas me atendieron, mientras llegaba mi abuelito a recogerme. Llegué a la casa y vomité, pero me dormí.

Cuando mamá regresó del trabajo -en la noche- me revisó y fuimos al Hospital de Niños, donde dijeron que estaba bien de salud.

Al día siguiente fui a clases de ballet, porque nos preparábamos para una presentación. Practiqué mucho, pero comencé a sentir las piernas “dormidas”; en la noche le conté a mami y ella me dejó en “observación”.

Las dos dormíamos juntas y dice mi mamá, que dos días después del accidente, escuchó una voz que le dijo: “Revísele la cabeza”. Ella cerró los ojos y volvió a escuchar la advertencia; y a la tercera vez se despertó asustada, y me vio el golpe.

De pronto encontró una “bombita” en mi cabeza y de madrugada llamó a un amigo doctor; este le sugirió llevarme de inmediato al Ebais para una revisión. Fuimos y de ahí me enviaron al hospital.

Me metieron a una máquina para verme por dentro; estaba muy asustada porque tenía un aneurisma y debían operarme con urgencia. Solo tres personas, de cada diez, sobreviven a esa operación; otras quedan con una parálisis o un daño similar.

Con mucho temor aceptamos la cirugía y vino una  especialista de Colombia, quien aseguró que si duraba más de cuatro horas, el asunto se complicaba; por dicha terminó diez minutos antes.

Quedé en recuperación, apenas podía comer debido a los efectos de la anestesia. Me hicieron un corte discreto, y con una trencita tapaba la herida. Toda la noche me tomaban la temperatura, y revisaban el vendaje.

Sentía tanta hambre que mamá me llevó unos confititos de naranja; y a escondidas me los comí. También, una tía me regaló una manualidad, para alegrarme el rato.

Al otro día amanecí animada, me bañé, vi la tele mientras desayunaba gallo pinto; llegaron los médicos a examinar al resto de los chiquitos -algunos bastante graves-, pero quedaron sorprendidos conmigo, porque estaba con muy buen aspecto.

Casi de inmediato me dieron la salida. Mamá preguntó si era lo correcto, debido a la gravedad de la lesión, pero quedó satisfecha con la explicación. Regresé a casa y siempre agradeceré a Pamela, la enfermera que me atendió.

La recuperación no fue tan sencilla. Tenía una herida muy grande y debía cuidarla montones; cada vez que me lavaba la cabeza me dolía y lloraba mucho, porque me tenían que ir quitando los hilos.

Usaba diferentes peinados para ver cómo evolucionaba la curación; poco a poco mejoraba y por un tiempo tuve la esperanza de que me creciera el cabello en la herida. Pero me acostumbre a vivir con eso, nunca más creció el pelo en el corte.

Desde pequeña uso cosas en el pelo; pero las diademas me dolían, otras me apretaban , así que empecé a utilizar pañuelos más funcionales; me gustaron tanto que  tengo de distintos colores y se volvieron mi marca de vida, junto con los anteojos.

Si me movía mucho me mareaba, así que las maestras se turnaban para darme clases desde la casa;  eso tenía sus ventajas porque me traían la comida en donde estuviera, podía ver películas en la sala, y hasta jugar con mis peluches en el sillón.

Mis compañeros llegaban a la casa a verme y jugar conmigo; eso me llenaba de mucho ánimo para lo que restaba del día.

Con el tiempo regresé a la escuela, el primer día el niño quien me pegó el balonazo llegó con chocolates, y con mucha angustia por mi salud  me ayudó a cargar el bulto, y ver si ocupaba cualquier cosa.

Por un tiempo me compraba pequeñas golosinas y siempre estaba a mi lado, para lo que ocupara; acción que me pareció bastante tierna, porque estábamos muy pequeños. Yo le dije: “¡Mati fue un accidente, ya pasó, te sigo queriendo mucho!”

Siempre fui muy inquieta, pero después de la cirugía todavía más; había estado por unos meses sin hacer actividad física, y siento que toda esa energía apareció.

Me encantaba subirme a los árboles, practicar deportes con movimientos bruscos, pero de vez en cuando me llevaba mis buenas regañadas; le decían a mami y ella se asustaba.

Yo no lo hacía con intención de molestar a las maestras, si no para estar con mis compañeros; además había unos árboles con mangos, tan deliciosos, que era inevitable no querer uno; a veces cogía uno y lo compartía.

Provengo de una familia creyente en Dios y gracias a la fe que tuvimos, y a las múltiples oraciones de todos,  Dios nos ayudó y nos prosperó juntos, e hizo ese gran milagro de mantenerme con vida; también cambió el corazón de algunas personas que me rodean actualmente.

Ahora que estamos en la Pascua, los quiero invitar a ser más serviciales, a cambiar en sus corazones el odio o la angustia hacia alguien.

Dios nos ama por igual y Él quiere que estemos bien, así que nosotros también debemos de poner de nuestra parte, y compartir de su palabra.

Muchas personas de diferentes partes del mundo, quienes conocieron mi caso, oraban por mi salud, me enviaron sus bendiciones y una unción de salud, y podemos decir que vivimos un milagro en mi vida.

¡Sí! milagro como los que hacía Jesucristo en su tiempo. Como dice un amigo, la oración colectiva tiene más poder.

La  voz que escuchó mami fue a tiempo, Después de este suceso, no quedé con ningún daño de los pronosticados, fueron cosas muy raras, supe que Dios me preservó por algún motivo, no sé si esa misión ya la cumplí, la estoy cumpliendo o me falta aún.

Sí puedo decirles que mami -de manera jocosa- dice: “Bueno, así quedó desde de la cirugía”, más inquieta, muy soñadora,  con ganas de hacer muchas cosas y surgió mi idea de emprender…



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